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La Barca de Enoïn

El final de Gadafi: un icono de la utopía rebelde

Gaddafi en sus años gloriosos. Foto tomada de lanouvelletribune.info

Cuando Mohammad Gadafi llegó al poder el  primero de septiembre en 1969 mi generación no había aún comenzado a ver la luz de este mundo. Su partida se ha producido cuando el almanaque nos marca el borde de la cuarentena. En síntesis, podemos decir que nacimos, crecimos, pasamos nuestra juventud y comenzamos a envejecer oyendo hablar de él en los medios, leyendo su biografía en enciclopedias físicas y virtuales, reseñando sus gestas en exposiciones escolares y discutiendo –los que hemos participado del activismo izquierdista- acerca de sus acciones en el concierto político mundial.

 

Muammar Gaddafi y Fidel Castro: dos iconos rebeldes en sus tiempos de gloria. Foto tomada de la prensa cubana

Personalmente no me acuerdo cuando fue la primera vez que oí hablar de él ni en que circunstancias. Pudo haber sido un profesor de historia, devoto de los iconos rebeldes, que me mandó a pesquisar por su vida, en una enciclopedia de esas que se vendían a crédito à las familias de clase media. Pudo haber sido en un periódico, que dedicaba un reportaje especial a una de sus frecuentes furruscas con los líderes occidentales. Pudo haber sido en un radioperiódico, que interrumpió el ritmo monótono de su emisión cotidiana, con el estruendoso sonido que acompaña la expresión “última hora, sala de redacción”, para informar sobre un incidente temerario, cometido por agentes libios en algún país lejano. Pudo haber sido en un noticiero de la tele, a las  10 de la noche, que mostraba su pose altiva, su perfil altanero y su visaje cubierto con sus inmondables (para decirlo en argot caribe del barrio Sucre de Montería) gafas de sol, que le daban ese aire de hombre siniestro, que reforzaban su aura de chico malozo, que le dispensaban una pinta de gangster reputado y disimulaban a la perfección su condición de coronel golpista.


Gaddafi con sus inmancables gafas de sol. Foto tomada de lanouvelletribune.info

Siendo honorables y sinceros, si cualquiera le presenta a usted un álbum fotográfico de Mohammad Gadafi, organizado a partir de los registros fotográficos que los medios poseen sobre él, sin contarle una pizca de su historia personal, es poco probable que usted se imagine que ese hombre de bigote ralo y chivera exigua haya sido un militar de mando medio, que dio un golpe de Estado que puso fin a una monarquía en un país del Mundo árabe.

 

En lo que toca con los registros enciclopédicos, la celebre enciclopedia Forjadores del mundo contemporáneo, que se vendió en Colombia a comienzo de los años 90, lo contó entre “los 131 personajes que más han influido en la formación de nuestro mundo”. El biógrafo que se ocupó de escribir su perfil nos cuenta que nació el 7 de junio de 1942, en el seno de una familia perteneciente a un grupo de beduinos, conocidos en su región de origen bajo la denominación de Qaddafa, de la cual procede el apellido Qaddafi o Gadafi. Según dicho texto, Gadafi nació y se creó en el desierto, alimentado con leche de camella. Al final de su adolescencia ingresó al ejército y ya de militar llevaba una vida verdaderamente austera, que no cambió cuando tomó las riendas de su país. De su amor por la vida sencilla, según esa biografía, daba testimonio su inquebrantable voluntad de vivir en una carpa de beduino, como cualquier paisano, alejado de los lujos propios del poder.

 

La mayoría de las reseñas biográficas, que de él circularon en los años 80 y 90 del siglo pasado, nos contaban que desarrolló un fuerte ascendiente entre los militares jóvenes de su país gracias a su espiritó de servicio, a su carisma para manejar la tropa y a su disposición de llevar una vida monacal. Fue ese ascendiente en el seno de esa nueva generación de oficiales soliviantados por el espíritu nacionalista, que alimentó la atmósfera revolucionaria que envolvía al Medio oriente y al continente africano en la década del 60, el que le permitió dar el golpe de estado que puso punto final a la monarquía que regentaba el rey Idris. 

 

Muammar Gaddafi: un coronel golpista que toma el poder.

 

Con el levantamiento militar que lo llevó al poder comenzó la leyenda que lo convirtió, en opinión de sus admiradores, en el «Che Guevara árabe» y  según el editor de El Periódico de Extremadura en “la bestia negra de EEUU” (elperiodicoextremadura). El correr del tiempo nos fue formando de él, ese aura mitad folclórica y mitad siniestra,  mitad cómica y mitad mitológica, con la que entró en los libros de historia. La imagen que el mundo tiene hoy de él fue un hibrido creado concientemente por su régimen y alimentado cuidadosamente por los medios occidentales.

 

Cuando se inició el levantamiento que puso fin a su reinado, la televisión francesa de Radio Canadá emitió un reportaje, en el cual se daba cuenta de las dificultades encontradas por los gobiernos europeos, de Estados Unidos y Canadá para congelar los dineros que había guardado en los bancos de dichos países. Según el reportaje, que se basaba en un registro que el Evening Standard de Londres había elaborado en el 2004, existían 37 formas distintas de escribir el apellido del jefe africano. Por su parte ABC News sostuvo en otro reportaje que existían 112 formas de escribir su nombre, que habrían sido ideadas personalmente por él mismo. De semejante confusión da elocuente testimonio un reportaje del diario argentino El Clarín de Buenos Aires, que se interroga: ¿Con “Q”? ¿Con “G”? Cien formas para escribir un apellido ¿Gaddafi, El Kazzafi, Al–Qathafi, Kadaffi, al–Khadafy, Qaddafy? ¿Acaso estará en lo cierto la venerable Biblioteca del Congreso de EE.UU. que alguna vez lo identificó como Al–Qadhdhaafi, sumiendo a todos en un estupor universal?

 

Al tiempo que los banqueros de las potencias de la OTAN rastreaban sus haberes bancarios, ayudados por lingüistas árabes procedentes de África del Norte que trataban de decodificar la escritura de su nombre, Gaddafi negaba ante las cámaras de televisión de la BBC (bbc) y de ABC, –con un tono entre iluminado y demente- el levantamiento que se había iniciado contra su gobierno en la ciudad de Benghazi. Sin ningún asomo de preocupación, le dijo al editor de la BBC Jeremy Bowen: “Mohammad Gaddafi no tiene porque abandonar el poder, porque Mohammad Gadafi no tiene ningún cargo en el gobierno de Libia. Él simplemente es el guía de la revolución y el guía de la revolución no puede renunciar a sus funciones. El poder en Libia está en manos del pueblo libio y el pueblo libio está con Gaddafi porque el pueblo libio ama a Gaddafi”.

 

Muammar Gaddafi: el dictador que se cree amado de su pueblo

 

Mostrando una vez más su talante altanero y provocador retó a los que lo acusaban de tener dinero en el extranjero a que mostraran las pruebas. En una jugada sagas sacó los aces con los que buscaba desacreditar a los rebeldes, que se levantaban –ciudad tras ciudad- contra su régimen. “La gente que se encuentra en estos momentos protestando en las calles es gente que está bajo la influencia de drogas suministradas por Al-Qaeda” sentenció con firmeza. De ese modo trataba de ganarse la indulgencia de los sectores conservadores de occidente, que habían pedido –semanas antes- no quitarle el apoyo a Hosni Mubarak, porque era el único líder capas de mantener la cohesión social en Egipto y evitar el ascenso de los islamistas radicales.

 

Conciente de los alcances de sus declaraciones a los medios occidentales se jugó otra carta, con la que buscaba desatar la solidaridad de la gente del común, que había salido a la calle a protestar contra la invasión de los Estados Unidos a Irak en el 2003. En las pocas entrevistas que concedió, siempre –en tono vehemente (ver entrevista en antiwar), exponía que la coalición multinacional que se estaba preparando para intervenir en Libia, con el objeto de brindarle protección a los civiles, era una maniobra “con la que se quería colonizar al país para apoderarse de su petróleo”.

 

Las horas finales de su vida y los detalles que rodearon su muerte están marcadas por el misterio. Auque su caída difiere grosso modo de la caída de su homologo Sadam Husein, sus últimos días estuvieron rodeados por circunstancias parecidas (ambito). Los dos corrieron a esconderse en sus ciudades de origen: Sadam en Tikrit; y Gaddafi en Sirte, a buscar refugio entre los suyos, entre los que vivieron la agonía, día a día, del final de su gloria, pagando escondederos a peso. Los dos se escondieron de sus cazadores en madrigueras inhóspitas, que marcaban un fuerte contraste con los espacios donde habían transcurrido sus vidas. Las imagines que de ellos tenemos en el momento de sus capturas es el retrato exacto de la orfandad de poder. Disminuidos, temerosos, exhaustos, desprotegidos, sucios y sudorosos se abandonaron a su suerte, mientras que en sus ojos de hombres vencidos no quedaba ya el más mínimo brillo de sus días de gloria.

 

Gaddafi: el hombre vencido

Un final inesperado que no estaba en el libreto

 

Creo que nadie entre aquellos que han seguido los ires y venires de la actualidad del Medio Oriente, sin importar que sean especialistas o amateurs, había imaginado que Muammar Haddafi  y su régimen iban a tener el final que tuvieron. Durante los años 80 y 90 no fueron pocos los que se atrevieron a pronosticar que su dictadura finalizaría en un sangriento enfrentamiento con los Estados Unidos, que podría dar curso a una tercera guerra mundial. Previendo ese enfrentamiento Kaddafi se empleó a fondo en la construcción de un gran "ejército antiimperialista global": la “Mathaba’ mundial”, en la que participaron combatientes de los más importantes grupos guerrilleros del mundo en ese momento (eltiempo).

 

La intensidad de la confrontación entre el régimen libio y los Estados Unidos alcanzó su momento de clímax durante la era Reagan. Mientras que Ronald Reagan lo etiquetaba como “el perro salvaje del Medio Oriente”, Gaddafi repostaba diciendo que estaba dispuesto a volverse “comunista sólo para fastidiar a EEUU". Debido a la intensidad de la confrontación, en 1986 no fueron pocos los que creyeron que después de los atentados en una discoteca frecuentada por soldados estadounidenses en Berlín, en abril de ese año, Estados Unidos atacaría Libia, como en efecto sucedió, y que ésta respondería con ataques terroristas a gran escala, que desatarían la confrontación. Los ataques de Estados Unidos contra Trípoli y Benghazi dejaron 41 muertos, entre ellos una menor que resulto ser hija de Kadhafi. Según las malas lenguas, -o las plumas mal intencionadas- la niña no era en realidad hija de Gadafi, sino que el coronel la adoptó después de fallecida, dentro del marco de una estrategia propagandística contra Estados Unidos.

 

En todo caso las acciones terroristas a gran escala del régimen de Muammar El-Kaddafi –por gracia de Dios- nunca se produjeron. La situación se fue calmando. Cuando el mundo comenzaba ya a olvidar los bombardeos estadounidenses de 1986 sobre Trípoli y Benghazi, en 1988 un avión de la compañía aérea Pan Am estalló en pleno vuelo, cuando pasaba sobre la población escocesa de Lockerbie, dejando 270 personas muertas. Las autoridades estadounidenses e inglesas acusaron al régimen libio. De nuevo las alarmas se prendieron. Los tambores de guerra sonaron. Los portaviones gringos se prepararon para atacar objetivos libios, pero la situación se fue distensionando lentamente (ecodiario.eleconomista).

 

A pesar del tono agresivo de parte y parte la situación nunca desembocó en una confrontación militar abierta. Ello se debió en gran medida al frágil equilibrio geopolítico de la época, montado alrededor de dos superpotencias, armadas hasta los dientes, que se amenazaban mutuamente con sus arsenales atómicos. La actitud desafiante de Jaddafi frente a los países occidentales puede explicarse más que nada a partir del tensionante ambiente de la guerra fría. En una atmósfera caldeada por los vientos de guerra agitados por el armamentismo continuo de las grandes potencias, la existencia de la URSS le permitía a los regimenes más díscolos del mundo desafiar a los Estados Unidos con cierta holgura, sin temer represalias que pusieran en peligro su existencia.

 

Desafortunadamente el contexto geopolítico mundial, que le permitía al líder libio –y a sus similares- sus bravuconeadas sin temor a represalias mayores, cambió de la noche a la mañana el 9 de noviembre de 1989, con la caída del muro de Berlín. Desde ese momento vimos un cuidadoso acomodamiento del régimen libio a los intereses occidentales, que se hizo evidente a través de la suavización del lenguaje y los mores de Al-Qaddafi. La morigeración de su talante altanero se intensificó luego de la rápida derrotada de las tropas de Sadam Husein en la  guerra del Golfo pérsico en 1991. Los incidentes del 11 de septiembre de 2001 y la respuesta contundente de la comunidad internacional contra las organizaciones terroristas islámicas, federadas alrededor de Al-Qaeda, lo llevaron a alejarse de los jefes terroristas, con los que se había codeado, y a renegar en público de su credo. La invasión de Estados Unidos a Irak y la caída del régimen de Sadam Husein terminaron por domesticarlo. Según su exministro de relaciones exteriores Abdul Rahman Shalgam, Khadafi estaba empeñado en no terminar su vida como Husein, pues el final trágico del líder iraquí lo había traumatizado (elpais.cr).

 

Para potabilizar su imagen, el temerario –y viejo- coronel Al Gathafi abandonó el patrocinio a los grupos terroristas, las campañas militares contra sus vecinos del sur, los proyectos de fabricación de armas de destrucción masiva y los saboteos a la navegación de los petroleros gringos por el mediterráneo. Para mostrar que era de verdad un buen muchacho permitió el retorno de las multinacionales petroleras, que había expulsado de su país en 1973, y  diseño un plan audaz para sacar a Libia del aislamiento internacional.

 

Gaddafi: el gurú hindú predicador de la paz

Ese cambio de postura política vino acompañado de un cambio de vestuario. En adelante Khadafi abandonó los uniformes militares –que le daban un aire mitad portero de puteadero bogotano reputado, mitad chofer de señora aristócrata- y comenzó a vestir fastuosos trajes típicos de colores llamativos, que le proporcionaban un aura de gurú espiritual hindú. Fue así como consiguió la rehabilitación por parte de las potencias occidentales, que sacaron a su país de la categoría de «Estado paria» y lo admitieron como miembro pleno de la «comunidad internacional».

 

Gaddafi: ¿militar, portero de bar o chofer privado? Foto tomada de bbc.co.uk

 

Ese nuevo estatus le permitió de codearse en igualdad de condiciones con políticos de Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Italia y Alemania. Para reafirmar la confianza de sus nuevos amigos sobre su cambio de comportamiento, Gadafi comenzó a predicar el pacifismo y de ello daban testimonio frases como: "ahora podemos abandonar el fusil y hacer avanzar la paz y el desarrollo", disminuyó su perfil de icono rebelde y dejó a un lado su interés por liderar una revolución mundial. Para no pisarse las mangueras con los jefes de las grandes potencias, se concentró en hacer posible su sueño de construir los "Estados Unidos de África". El aumento del interés por su propio continente le valió ser coronado rey de reyes africanos, el 2 de febrero de 2009, en Addis Abeba. Su africanismo lo llevó a decir en cumbres internacionales: "Europa está formada por naciones y África por tribus. Eso hace que el Estado en África sea ficticio".

 

Gaddafi con los líderes de G-8 en el 2009

El momento más importante de su proceso de reconversión –y de inserción en la comunidad internacional- sucedió el  5 de septiembre de 2008, cuando la secretaria de estado de los Estados Unidos, bajo el gobierno Bush, Condoleezza Rice, visitó Trípolis. Esa visita le permite decir que había “terminado el largo ostracismo de su régimen por parte de Estados Unidos”. Por su parte el celebérrimo presidente George W. Bush felicitó en público a Gadafi “por su contribución a la paz del mundo”.

 


Gaddafi y Condoleezza Rice en Trípolis en el 2008, foto tomada de 7sur7.be

 

Después de haber allanado ese camino y de haberse reconciliado con sus más temibles enemigos, ni la más pesimista pitonisa de este mundo se hubiese atrevido a pronosticar un final tan trágico para el estrafalario –a los ojos de muchos- coronel Mohamed Jaddafi. Pero así sucedió. Como dice la máxima popular: “aquel que a hierro mata a hierro muere”. Aunque parezca increíble, el coronel  Moammar Haddafi, que llegara al poder a la cabeza de una revolución: la ’Revolución verde”; la “Yamahiriya”, que se empeño en liberar a su pueblo del yugo del imperialismo, fue expulsado del poder por su propio pueblo, a través de una revolución contra la revolución. Quien mejor ha descrito el asunto es el cronista Léonce Gamaï, de un periódico francófono, que tituló su nota: “Mort de Mouammar Kadhafi : La révolution a tué la Révolution".

 

Revolucionarios ponen fin a una revolución. Foto tomada de informe21.com

El derrocamiento de su régimen, si bien era un hecho previsible: los dictadores –sin importar que sean revolucionarios o cavernarios- generalmente son forzados a abandonar los corredores del poder por las salidas de emergencia, el final de su vida resulta inédito. Grosso modo es un cruce entre el final de Sadam Husein y el del dictador rumano Nicolae Ceaușescu. En todo caso, particularmente después de su acelerado aconductamiento, nadie imaginaba que dicha escena, que hoy sabemos que incluyó un grotesco acto de sodomización antes de matarlo, estaba dentro del libreto (ver video en taringa).

 

Gaddafi rehabilitado por occidente: José Luis Rodríguez Zapatero et Mouammar Kadhafi, le 29 novembre 2010.

 

Los registros de prensa y los comentarios del público

 

No me enteré de la muerte de Kaddafi por los medios tradicionales de prensa, sino por los recuentos de noticias que ofrece la empresa de correos electrónicos Hotmail a sus usuarios. Ese jueves (20 de octubre de 2011) al mediodía, cuando cerré mi correo, el despacho de la Agencia Francesa de prensa –difundido por un periódico francés- me saltó directo a los ojos. “Dieron de-baja a Haddafi”, le grité a mi mujer, que estaba en la cocina terminando de preparar el almuerzo. Curiosamente no sentí ningún tipo de emoción y eso me sorprende porque seguí la vida del líder libio durante años con cierto interés. Después que leí el despacho de prensa corrí a mirar los portales de Internet de algunos medios hispanos, para mirar los titulares con los que éstos recogían una noticia de grueso calibre histórico. Como dijo alguien: “los titulares de los periódicos son el primer borrador de la historia”.

 

El diario ABC (abc.es) de Madrid tituló: “Gadafi muere en combate” y a renglón seguido lanza… “Muamar Gadafi ha muerto. El que ha sido líder de facto de Libia durante más de cuarenta años cayó este jueves en manos de los rebeldes tras sufrir un ataque aéreo de la OTAN en su ciudad natal, Sirte, y falleció poco después como consecuencia de las heridas sufridas en la cabeza y en ambas piernas”.

 

Por su parte La Razón, otro diario español, puso en el cabezote de su nota: “Capturaron vivo a Gadafi” y continuación expone…. “La cadena de televisión catarí, Al Yazira, mostró hoy unas imágenes de vídeo de Gadafi antes de morir en las que aparece con el rostro parcialmente ensangrentado, en manos de un grupo de rebeldes que lo llevan a empellones” (larazon.es).

 

El portal de la fundación Iberoamérica-Europa (ver eldiarioexterior.com) resalta el hecho titulando: “Nueva etapa en Libia tras la muerte de Gadaffi” y continua…. “El tirano libio ha muerto tras librar varios combates con las tropas de la oposición.” En México la cadena de televisión Sur encabezó la noticia titulando: “La muerte de Gadafi es otra victoria para la doctrina Obama” y prosiguió… “La mano del presidente Barack Obama se volvió más fuerte por la forma como enfrenta a los enemigos de Estados Unidos. La muerte del dictador libio Moamar Gadafi el jueves amplía la serie de victorias en seguridad bajo la vigilancia de Obama” (surtitulares)”.

 

El Clarín de buenos aires suscribió: “Confirman que Kadafi murió de un tiro en la cabeza” y enseguida acota…. “Muammar Kadafi murió de un tiro en la cabeza. De un arma 9 mm. Así lo confirmó el titular del Consejo Nacional de Transición (CNT), Mahmud Jibril”. En lo que concierne a El Meridiano de Córdoba (Colombia) éste tituló: “Gadafi ejecutado en su ciudad” y continuación agrega…. “A Muamar Gadafi, de 69 años, lo mataron ayer en Sirte, su ciudad natal, anunciaron las nuevas autoridades libias, que se aprestan a proclamar formalmente la liberación de ese país africano, tras varias décadas de conflicto y represión”.

 

Finalmente el diario La Industria de Trujillo, Perú, se concentró en destacar lo que dijo el presidente venezolano Hugo Chávez. Según este diario Chávez dijo que la muerte del líder libio Muamar Gadafi es un "asesinato" que constituye "un atropello más a la vida", y afirmó que su ex aliado será ahora recordado como un "mártir" (laindustria.pe).

 

Entre los comentaristas de los periódicos se encuentran quienes celebran obscenamente su muerte y quienes la lamentan de manera sentida. Por ejemplo Rasputín, un lector de La Industria de Trujillo sostiene: “Es evidente que estos descerebrados y desequilibrados mentales terminen ajusticiados por sus mismos pueblos, que son finalmente quienes sufren los atropellos de estos demonios de la humanidad”. Por su parte Marii una lectora del ABC sostiene lacónicamente:Así deberían qdar to2 los malos (sic)”. De su lado Riquin, también del ABC, expresa sin rodeos: “Un mal día para dictadores. Castro is next”.

 

En cuanto a los que manifiestan cierta pena por su final, la denuncia de la captura de los recursos petroleros libios y su ejecución extrajudicial es el tema predominante. Así lo manifiesta cucoantonio Severo, un lector de la revista colombiana Semana, para quien “el tonto pueblo Libio, le hace el favor a los gringos y franceses, entregándoles otro pozo más de petróleo. Según él “esta muerte solo beneficia a las grandes potencias productoras de gasolina” De otra parte sostiene que es un insulto decir que los que acabaron con el régimen libio son revolucionarios, pues son “más bien Idiotas útiles”. De su lado Carlos Rozo, también de Semana, sostiene que “Gadafi cumplió su palabra y luchó hasta el final, para eso se necesita ser valiente”. En otro orden de ideas afirma que “de fondo se observa que los supuestos amigos que tenía en occidente: Obama y los presidentes de Europa, salieron traidores y luego lo apuñalaron”. Juan De Dios Gzz de ABC anota por su parte: “Ohh lo mataron las libertadoras fuerzas de la Otan ! Hip Hip Hurra! Ya no les servia Gadaffi y por fin lo mataron, algo bueno les dejo "La Primavera Árabe" pero a Somalia ¿por qué no entran? ahh ahí no hay petróleo... no importa que mueran cientos de miles de hambre...”

 

Hay también quienes como Caleb, que con tono filosófico-teológico, sentencia: “Nadie vive para siempre. Y la maldad nunca prevalecerá ni quedara impune”. Con la muerte de Mulazim Awwal Mu’ammar Muhammad Abu Monyar al-Qadhafi: así dice Wikipedia que lo bautizaron al nacer, comienzan a cerrarse las últimas páginas de un período bicéfalo de la historia contemporánea: la era de los regimenes surgidos de la descolonización de África y Oriente medio y la era de las revoluciones autoritarias del tercer mundo, que quisieron izarse como una alternativa al “capitalismo salvaje” y al “socialismo real”, encarnados por los dos grandes bloques hegemónicos que se enfrentaron durante la guerra fría.

 

Fin de una era: Una niña patea una caricatura de Gaddafi

Jadaffi, Qaddafi –o como se escriba- fue uno de los símbolos más aquilatados de ese tipo de regimenes, que Azzedine Rakkah describe como “utopías nacionalistas y tercermundistas”, movidas por “un nacionalismo virulento, antisionista y antiestadounidense”. En síntesis, fue un hijo perfecto de su época y de su sociedad, que jugó a cabalidad el rol que le encomendó la historia. Fue a la vez tirano y revolucionario, matón sin agüero y hombre humanitario, líder mesiánico y político hábil, chafarote excéntrico y líder tribal, comediante genuino y jefe beduino.

 

Fue una verdadera figura de su tiempo y un acrisolado producto de su sociedad. Como dicen las abuelas: “un el fondo uno no puede pedirle peras al olmo”. Una sociedad tribal y premoderna como la suya, gobernada desde la noche de los tiempos por regímenes autoritarios, encabezados por faraones, césares, emperadores y califas, e invadida en todas las edades de la humanidad por las potencias extranjeras del momento, no podía dar a luz en la persona de Muammar Al-Gaddafi –sobre todo durante el periodo que le tocó vivir- un Abraham Lincon, un François Mitterrand, un Olof Palme, un Salvador Allende, un Felipe González, o un Nelson Mandela. Tampoco un Bill Clinton ni un Barack Obama.

 

Gaddafi y Gamal Abdel Nasser: dos iconos de una era en Oriente medio

Sólo podía producir eso: un icono de la utopía rebelde, como aquel que en marzo de 2009 le dijo, sin formula de cortesía, al rey de Arabia Saudita, en una cumbre de países árabes: “Soy un líder internacional, el decano de los gobernantes árabes, el rey de reyes de África y el imán de los musulmanes. Mi estatus internacional no me permite descender a un nivel más bajo”.

 

Gaddafi: rey de reyes de África, el día de su coronación en 2009. Foto tomada de elmundo.es

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2 comentarios

Editora de la Barca de Enoïn -

Muchas gracias profesor. Aunque la trabaje desprovisto de inspiración pujando y empujando me salio. Me gusta que le haya gustado.

WILLIAM FORTICH DÍAZ -

Una crónica bien trabajada con chispazos caribes que iluminan un tema no agotado por los años noventa.
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